Un Encuentro Macabro 

(Sucedió en los lavaderos del templo de San Sebastián)

A fines del siglo próximo pasado había en esta ciudad un joven que se distinguía por ser muy enamorado de las mujeres, y motivo a esas inclinaciones, a altas horas de la noche se le veía deambular por las calles y muchas veces era sorprendido por el rodin nocturno cuando saltaba las bardas de las casas para dar el acceso con alguna dama de su predilección. A horas muy avanzadas de una noche obscura, aquel joven paseaba por la hoy llamada calle Allende Sur, y al llegar a aquel lugar conocido por los lavaderos, escucho a aquel ruido peculiar que produce el agua con la ropa cuando está lavando. Se aproximó para observar desde la banqueta hacia abajo ya que el piso de los lavanderos se encontraba sobre un piso más hondo bajo el nivel de la calle.

Venancio, que así se llamaba, al fulgor de las estrellas pudo descubrir a una bella muchacha vestida de blanco y portando larga y suelta cabellera, que estaba lavando; y por su tendencia amatoria bajo hasta llegar a ella a quien después de dar las buenas noches trato de conquistar con sus requiebros. Aquella mujer en forma jovial y consiente escucho toda clase de piropos de parte de aquel galán, y como respuesta a esto, le dijo que, para tratar más extensamente sobre aquellas pretensiones, y así en verdad la amaba se trasladara al templo de San Sebastián para colocarse tras uno de sus muros, ya que en momentos en su conversación.

El enamorado ni tardo ni perezoso se fue hacia el lugar señalado para allí esperar a esa dama; y grande fue fue su sorpresa cuando al llegar a ese lugar aquella mujer ya lo estaba esperando. ¿Cómo es posible que me haya ganado a llegar? ---pregunto Venancio.---- Es que yo camino por una vereda más corta y esto me hizo llegar más pronto ---- respondió la dama.

Venancio y aquella mujer que dijo amarse Petra se sentaron sobre unas piedras donde permanecieron grandes momentos en que se efectuaron grandes coloquios amorosos habiendo allí juramentos de amor, caricias y besos. Llego el momento de la separación de aquella pareja; y entre amargos y prolongados suspiros Petra hablo a su enamorado; ---- Venancio, si en verdad usted me ama, quiero que me lo demuestre en forma más efectiva. Yo estoy sufriendo amargamente una pena, y ya que el destino lo ha colocado por mi camino, deseo que usted sea quien me ayude a calmar un dolor que llevo en el alma. Venancio acepto escuchar el problema de aquella mujer diciéndole: ---con todo usted me diga en que puedo ser útil para aliviar su pena. ---Pues bien, añadió la bella muchacha; si en realidad siente amarte, le ruego que mañana cuando ya amanezca y pueda usted ver todo, venga a entrevistarme nuevamente y aquí lo esperare para que ponga todo lo que más pueda de su parte para aliviar mi situación, pero mientras tanto le ruego rece muchas oraciones con intención de que todo se remedie.

El galán aquel, tras prometer acudir a la cita, beso a la mujer su larga cabellera, su rostro y también sus manos sintiendo en este acto cierta frialdad en el cuerpo de ella atribuyendo aquello al hecho de haber estado lavando la ropa en aquella noche tan fría. A la mañana siguiente, Venancio acudió puntual a la cita, y… ¡qué horror! Vio a la mujer con quien horas antes estuvo hablando, identificándola por su faz, su largo pelo, su misma ropa, que estaba muerta y en estado de descomposición. Horrorizado por aquel hallazgo dio parte a las autoridades, correspondientes, y más tarde se pudo constatar que aquella mujer había sido ascendida por alguien por causa de su mala conducta y pudo saber el enamorado que aquella mujer, en realidad, se llamaba Petra, y que había desaparecido de su casa hacia cuatro días.

El destino había señalado a Venancio para que, al efectuar sus aventuras amorosas, fuera quien pudiera descubrir aquel crimen al acudir a charlar con esa mujer cuya alma sufría en el mundo del mas allá.

Privada de San Francisco No. 4.

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