Privada de San Francisco No. 4.

Huamantla, Tlaxcala  |   247 102 4030 

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El Crímen que un Perro Delató

(Sucedió en Huamantla, en la calle Galeana y templo del Dulce Nombre)

Cuentan que en las postrimerías del siglo XIX, en la calle Galeana, entre las calles Juárez e Iturbide, vivía una hermosa muchacha llamada Florinda, quien apenas frisaba los dieciocho años. Esta bella mujer que era de mediana posición económica, mantenía relaciones amorosas con un joven comerciante llamado Antonio, quien por el lado social y económico era considerado al mismo nivel de las circunstancias de su prometida. Pero no faltaba quien turbara esta codiciada armonía existente entra ambos amantes; pues a más haber otro joven acaudalado de nombre Francisco, quien igualmente cortejaba a Florinda, los padres de este que eran unos ricos hacendados, movían todas sus influencias con los padres de la muchacha para que a esta la convencieran de que llegara a querer a su hijo para unirlos con los lazos del santo matrimonio. Los padres de Florinda constantemente dialogaban con su hija, tratando de animarla haciéndole ver la conveniencia de acceder a las pretensiones de su segundo enamorado; pero ella, con un capricho decidido oía los consejos y amonestaciones de sus padres con total indiferencia, hasta llegar al fastidio y al aburrimiento. El desprecio rotundo de Florinda para Francisco- el segundo de sus enamorados- hundía a este en la más horrible desesperación, ya que su buen aspecto y su buena posición económica no lograban influir en le animo de la muchacha. En una noche oscura, Antoni llegaba del campo a la ciudad, acompañado como siempre de un perro "pastor alemán" que siempre había sido su amigo y compañero fiel desde que este animal era muy chico, y que desde entonces demostró ser un animal muy inteligente. Cuando Antonio y su perro se aproximaban a su casa ubicada en la calle primeramente mencionada, se encontraron con que allí cerca llegaba un individuo no identificado en la negrura de la noche, quien soltando de pronto el caballo que llevaba jalando, se abalanzó sorpresivamente sobre el primero, y tras de atacarlo sin darle tiempo a defenderse, abatido por varias puñaladas cayó por tierra agonizante, pronunciando únicamente el nombre de su idolatrada Florinda. El perro fiel, con tristes aullidos se acercaba a su amo mirando como expiraba, y como tratando de restañar con sus lamidos, las heridas mortales del agonizante. Antonio expiró; y ante el dolor de Florinda esa noche y la siguiente fue velado, y al tercer día fue sepultado en el atrio del Templo del Dulce Nombre. Aunque fueron muy hábiles las pesquisas desarrolladas por los familiares del finado y por parte de las autoridades, los móviles del crimen así como el autor del mismo quedaban hundidos en el más inexplorable misterio; y aun cuando surgía alguna sospecha no había nada que pudiera dar solución a esa hipótesis. Desde aquel día del sepelio de Antonio, el perro fiel adoptó la costumbre de pasar todo el día colocado sobre la tumba de su amo, y por las noches cuando cerraban la entrada que daba acceso a ese lugar, entonces pasaba algunas horas de la noche en el lugar en que se registró el crimen. Este triste suceso ya empezaba a toar parte en el olvido; pero una noche de luna, en que estaba aquel perro colocado en el lugar de la tragedia, inesperadamente pasó por allí un apuesto jinete montando un brioso caballo. El perro después de husmear brevemente, y sin que aquel jinete lo previera, se abalanzó como fiera sobre este, y tras de un enorme salto cayó sobre él derribándolo de su caballo. Después de caído, el perro hecho una furia atacó a su víctima dándole en el cuello, fuertes, muchas y prolongadas mordidas hasta dejarlo bien muerto. La ronda nocturna no tardó en dar con este macabro hallazgo, y sin ninguna dificultad identificaron el cadáver con la persona de Francisco, quien había odiado a Antonio por tener este la ventura de ser amando por Florinda. Este último suceso vino a esclarecer aquel caso enigmático sacando por conclusión quien había sido el asesino de aquel llorado Antonio; y mientras el perro seguía vigilando fielmente la tumba de su amo, la gente comentaba: ¡Quien había de creer que un perro había de delatar y vengar el crimen cometido en la persona de su amo!